Marbella, 2009. Preparando los primeros pedidos en el cuartito de casa.
Marbella, 2009. Preparando los primeros pedidos en el cuartito de casa.

NUESTRA HISTORIA

NACIDO EN LA OTRA MARBELLA.

Una tienda que nació con el nombre de una hija y hoy lleva el de un nieto.

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Capítulo I

La otra Marbella

“Papá, ¿por qué nosotros no vivimos ahí?”

Leire era una cría. Paseábamos por Puerto Banús mirando los barcos, y ella señalaba los coches, los escaparates y las casas de la Milla de Oro.

Nosotros éramos de la otra Marbella. La de Plaza de Toros, Las Albarizas y Miraflores. La de los barrios donde se madruga.

No supe qué contestarle. Creo que todavía le estoy contestando.

Capítulo II

Trabajo desde los 16

Me llamo Francisco, aunque desde chico todo el mundo me llama Curro. Leire nació en 1993, en el Hospital Costa del Sol. Yo tenía 25 años, pocas cosas y muchas ganas.

Hospital Costa del Sol, 1993. Leire tenía unas horas de vida.
Hospital Costa del Sol, 1993. Leire tenía unas horas de vida.

Trabajo desde los 16. He sido fontanero, albañil, he trabajado en el campo y he puesto copas detrás de una barra. Lo que se hacía aquí, lo que hacía falta para sacar a la familia adelante.

Y durante unos años fui dependiente en una tienda de ropa de caballero y señora, de las de toda la vida: los hombres a un lado del local y las mujeres al otro.

No te voy a engañar: no soy un hombre de moda. Me metí en esto por necesidad.

Capítulo III

Una sola chaqueta buena

Mi padre tenía una chaqueta. Una sola chaqueta buena. Con cuerpo, de las que caen rectas, de las que te ponías y ya ibas arreglado. Con ella fue a bodas, a entierros, a trabajar y al bar del barrio. La llevó quince años.

Yo, en cambio, no encontraba nada así. O la ropa de mi abuelo o la de un chaval de 25. Nada en medio. Las chaquetas no abrigaban, no tenían estructura y me apretaban en los hombros en cuanto me ponía un jersey. Me gastaba un dineral en una y no me aguantaba ni un invierno.

Y siempre volvía a la misma pregunta:

Mi padre en el bar del barrio, invierno del 72. Con su gabardina, como siempre.
Mi padre en el bar del barrio, invierno del 72. Con su gabardina, como siempre.
¿Por qué a mi padre le duraban las chaquetas quince años y a mí no me dura ni un invierno?

Allí aprendí lo poco que sé de ropa de hombre. Todavía me acuerdo de la referencia 0245: una chaqueta de caballero en marrón y en negro, a 8.950 pesetas. Unos 54 euros de hoy. Me costó Dios y ayuda acostumbrarme al euro, como a todo el mundo.

Allí las tallas iban por números: la 50, la 52, la 54, la 56. Me las aprendí de memoria. Y aprendí algo más importante: lo que siente un hombre cuando una prenda le queda bien. Y lo que siente cuando no.

Pero lo que de verdad me llamaba la atención estaba en la otra mitad de la tienda. La sección de señora se movía el doble: llegaba género nuevo cada semana, las clientas volvían una y otra vez y era su escaparate el que paraba a la gente en la calle. En los ratos muertos me iba a ese lado a ver cómo las encargadas montaban los conjuntos, qué se llevaba y qué se quedaba colgado en la percha.

Me enganchó. Empecé a pensar que, si algún día tenía algo mío, sería eso.

Por el año 2000, con Leire de 7 años, empecé a oír que fuera de España la gente compraba por internet. Me pareció cosa de otro mundo. Aquí casi nadie se fiaba de comprar sin tocar la prenda.

Lo vi muy lejos. Hasta 2009.

1994, en la tienda de caballero y señora donde aprendí el oficio. Me pillaron colocando el escaparate.
1994, en la tienda de caballero y señora donde aprendí el oficio. Me pillaron colocando el escaparate.
Capítulo IV

2009

Ese año llegó la crisis y lo puso todo patas arriba. Yo tenía 41 años, Leire tenía 16 y el futuro estaba más negro que nunca.

Y en plena crisis hice algo que mucha gente me dijo que era una locura: abrí una tienda por internet. Solo de mujer, sin una sola prenda de hombre. Era lo que había visto venderse durante años al otro lado de aquel mostrador, lo que me tenía enganchado. Le puse el nombre de mi hija. La quería para ella.

Quería construir algo que un día pudiera ser suyo. Algo que le demostrara que, aunque vengas de un barrio humilde, puedes levantar algo bonito con tus manos.

Y le añadí Marbella porque somos de aquí. De la Marbella de verdad.

La primera web era de lo más sencilla. Casi de la prehistoria. La clienta rellenaba un formulario con su nombre, su dirección, su teléfono, cuántas prendas quería y cómo iba a pagar. Por transferencia o contra reembolso.

Primavera de 2009, montando el almacén. Con la cámara nueva de casa.
Primavera de 2009, montando el almacén. Con la cámara nueva de casa.

Como la gente desconfiaba tanto de internet, ofrecía casi siempre el contra reembolso. Me estafaron muchas veces. Pedidos que nadie recogía. Paquetes que volvían. Dinero que no llegaba.

Pero lo peor no eran las estafas. Lo peor era que la tienda no vendía.

Pero una cosa era ver la moda de mujer venderse detrás de un mostrador, con encargadas que sabían lo que hacían, y otra muy distinta elegirla yo solo desde un cuartito. Nunca llegué a entenderla del todo. Qué buscaban, por qué elegían una prenda y no otra, por qué lo que a mí me parecía precioso se quedaba meses en el almacén. Lo intenté todo. No entendía nada.

Fueron años muy duros. Años en la ruina. Noches en las que no sabía si al día siguiente seguiría abriendo la tienda, y mañanas en las que la abría solo por no fallarle a Leire.

Hasta que un día me escribió un hombre de mi edad.

Capítulo V

La gabardina

“¿No tendrá usted una gabardina buena? De las de antes.”

No tenía ninguna. En la tienda no había ni una sola prenda de hombre, y lo poco que yo sabía de ropa de caballero lo había aprendido años atrás, detrás de un mostrador.

Pero me acordé de la chaqueta de mi padre. Y le dije que sí, que se la buscaba.

Me pasé días con ella. Telas, costuras, hombros, largos. Con lo poco que sabía, quería encontrarle la mejor gabardina que un hombre pudiera llevarse a casa.

A la semana volvió a escribirme preguntando por ella. “Aquí tiene su gabardina”, le dije. Y se la mandé.

A los pocos días me llamó. Me dijo que era de las mejores gabardinas que había tenido nunca, que la calidad era buenísima. Y antes de colgar me dijo una frase que me cambió la vida:

“Curro, usted debería vestir a hombres.”

Empezó a recomendarme a sus amigos. Luego a sus cuñados. Luego a los compañeros del trabajo. Cada semana me escribían más hombres preguntando por chaquetas, por jerséis, por pantalones que aguantaran.

Y me di cuenta de algo que había tenido siempre delante: la ropa de mujer me gustaba, pero la de hombre la entendía. Sabía lo que es gastarse un dineral en una chaqueta que no te dura un invierno. Sabía lo que es que te aprieten los hombros en cuanto te pones un jersey. Yo era mi propio cliente.

Ese día dejé de vender lo que me parecía bonito y empecé a vender lo que me pondría yo. Y me puse una regla que no me he saltado nunca:

Si una prenda no me la pondría yo, ni se la pondría mi padre, no la vendo.
2010. Manolo, mi amigo del colegio, vino a echar una mano «una tarde». Se quedó meses empaquetando.
2010. Manolo, mi amigo del colegio, vino a echar una mano «una tarde». Se quedó meses empaquetando.
Capítulo VI

La talla

No busco vestir a chavales de 25 ni vender ropa sin alma. Busco lo que me gusta para hombres que piensan como yo: que quieren ir bien vestidos sin disfrazarse de nada, ir cómodos todo el día y que prefieren una chaqueta buena en lugar de tres que no aguantan el invierno. Prendas pensadas para acompañarte muchos inviernos, no para tirarlas al siguiente.

Y hay algo que me tomo muy en serio: la talla.

Sé lo que es esperar una prenda con ilusión durante días y que, al abrir el paquete, no te cierre o te quede como un saco de dormir. Por eso me sé las tallas al dedillo, y he enseñado a mi equipo a saberlas igual.

Me acuerdo de un cliente en particular. Un hombre de mi edad al que siempre le había costado comprar por internet. Las tallas nunca le cuadraban, y casi todo lo que pedía acababa devolviéndolo. Con nosotros también tuvo un problema con su pedido. Lo fuimos resolviendo con él, paso a paso. Y al final nos escribió una frase que todavía guardo:

“Debo reconocer su amabilidad y profesionalidad.”

Si dudas con tu talla, escríbenos con tu altura y tu peso y te decimos cuál pedir. Te atendemos desde España, y muchas veces te contesto yo mismo. Y si aun así no acertamos, tienes 30 días para cambiarla. Haremos todo lo posible para que quedes contento.

Capítulo VII

Leo

El 17 de octubre de 2023, Leire me hizo abuelo. Se llama Leo.

En catorce años nunca habíamos celebrado un aniversario de la tienda. Nunca encontraba el momento. Ese día estaba tan feliz que le hice descuento a todo el mundo. A todos. Sin mirar.

Esa noche decidí que el aniversario de la tienda sería ese día. Cada 17 de octubre.

Y fue a partir de entonces cuando la tienda empezó a crecer de verdad. Hoy somos un equipo con muchas ganas de seguir haciendo las cosas como el primer día.

Durante diecisiete años la tienda llevó el nombre de mi hija. Lo empezamos todo con ella y con ella se queda para siempre. Pero esta ya no es aquella tienda de mujer que casi me arruina: es una tienda de hombres, la que un día quiero dejarle a mi nieto.

Por eso, al cumplir 17 años, le he cambiado el nombre. Desde ahora se llama Leo Marbella.

Leire es el principio de todo. Leo es lo que viene.

Aquella niña que me preguntaba por qué no vivíamos en Puerto Banús hoy es madre. Y la tienda que nació con su nombre ahora lleva el de su hijo.

Por fin tengo la respuesta a su pregunta.

En el almacén, hoy. Leire me hizo la foto sin avisar.
En el almacén, hoy. Leire me hizo la foto sin avisar.
No hace falta vivir en Puerto Banús para ir bien vestido. Hace falta saber elegir.

Y para eso estamos aquí.

Bienvenido a Leo Marbella.

Francisco “Curro”

Fundador de Leo Marbella · Empresa familiar desde 2009

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